Cuando decidí construir mi propio taller no empecé pensando en la forma del edificio. Empecé pensando en el lugar donde quería crear. Elegí una zona rural de Luján de Cuyo, Mendoza, rodeada de naturaleza y con una amplia vista hacia la cordillera de los Andes. Buscaba un espacio tranquilo, donde el paisaje acompañara el proceso creativo y formara parte de la experiencia cotidiana de trabajar.
Desde hace muchos años la montaña ocupa un lugar importante en mi vida. La he recorrido, fotografiado y habitado durante expediciones. Con el tiempo también se convirtió en una fuente constante de inspiración para mi obra y dio origen a Andes Inspiration, un proyecto que une arte, naturaleza y experiencias en el territorio.
El domo apareció como la mejor respuesta a esa búsqueda. Su diseño permite aprovechar muy bien la luz natural y, al mismo tiempo, mantener una conexión permanente con el paisaje. Quería un taller donde, entre una pincelada y otra, bastara con levantar la vista para volver a encontrar la cordillera.
No elegí un domo porque fuera una construcción diferente. Lo elegí porque respondía a la manera en que imaginaba este espacio: un lugar donde la arquitectura, el paisaje y la práctica artística convivieran de forma natural.
Después llegaron otras razones para confirmar esa decisión: la eficiencia estructural, el uso de materiales reciclados y el desafío de construirlo con mis propias manos.