Cuando decidí construir el domo sabía muy poco sobre construcción. Nunca había levantado una estructura de este tipo, y justamente por eso el proyecto me resultaba tan atractivo. No quería encargar un taller terminado; quería comprender cómo nacía, aprender cada paso y construirlo con mis propias manos.

Después de investigar distintas alternativas elegí trabajar con una estructura de madera plástica y paneles fabricados a partir de envases de Tetra Pak reciclados. Ambos materiales comparten una misma idea: demostrar que aquello que alguna vez fue descartado puede transformarse en algo resistente, útil y duradero.

Claro que había razones prácticas. La madera plástica no requiere mantenimiento y resiste muy bien la humedad. Los paneles de Tetra Pak aportan aislación térmica, algo fundamental en un lugar donde los veranos son intensos y los inviernos pueden ser muy fríos. Pero esas ventajas no fueron la única razón para elegirlos.

Mi trabajo artístico también nace de la transformación. En Ensamblaje de manchas, cientos de fragmentos de pintura encuentran un nuevo equilibrio al reunirse en una imagen distinta. Descubrí que existía una relación silenciosa entre esa forma de construir una obra y la manera en que estaba construyendo este espacio.

No me interesa convertir el reciclaje en un discurso. Me interesa la posibilidad de mirar la materia con otros ojos. Descubrir que un envase puede convertirse en una pared, que un plástico reciclado puede sostener una estructura y que una mancha de pintura puede terminar formando un rostro.

Quizás eso sea lo que más me entusiasma de este proyecto. No solo estoy construyendo un taller. Estoy aprendiendo un oficio completamente nuevo, aceptando los errores como parte del proceso y entendiendo que, igual que sucede en mi práctica artística, construir también consiste en confiar en que los fragmentos, con tiempo y paciencia, pueden convertirse en algo que antes no existía.